Texto 2341 – EL MEDIDOR DE ILUSIONES

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Muchas personas creen haber “logrado el despertar“. Algunos celebran a escondidas y se sienten satisfechos por su logro. Otros lo vociferan donde quiera que vayan. Otros experimentan un estado de armonía “inquebrantable” hasta que un día ocurre algo que los “vuelve a dormir“. Pierden la calma que creían eterna y sienten que retroceden en su cultivo espiritual. Creían que se habían liberado de toda ilusión.

La naturaleza de las ilusiones nos dificulta saber cuándo estamos viviendo de acuerdo con ellas o no, porque aun cuando logremos quitarle una capa de ilusión a nuestra mentes y creamos que no nos queda ninguna otra, podríamos estar metidos bajo muchas capas más.

¿Cómo salir de nuestro estado ilusorio y vivir desde la mente clara? (o por lo menos, más clara). El Maestro Zen Kodo Sawaki decía que “ser iluso significa ser controlado por una situación“. Cuando tu mente se agita y permites que las circunstancias te controlen o te hagan sufrir, se debe a que te encontrabas afectado por alguna ilusión.

La cantidad de tensión o confusión que te produzcan las circunstancias de la vida, será “el medidor” que te indique cuántas capas de ilusiones te quedan por romper. A mayor cantidad de sufrimiento, mayor cantidad de capas deberás romper. Una desilusión más, una confusión menos. Destruir estas capas permitirá que tu mente sea cada vez más clara.

La tarea más importante de un practicante Zen es la de prestar atención, no solo durante zazen sino también durante su vida cotidiana. Permitir que las circunstancias generen una serie de pensamientos y reacciones descontroladas, significa que no estamos prestando atención a nuestro estado mental en ese momento. Significa que estamos siendo guiados por nuestras ilusiones: expectativas egoístas, imaginación morbosa o por el engaño de nuestros sentidos.

No hace falta que el medidor de ilusiones cuente las capas de ilusiones que te faltan por romper, solo hace falta que lo mantengas “encendido“.

 

Bodhisattva Rubí Saki Sho / Linaje de Taisen Deshimaru

Texto 2340 – ZEN: EL ENCUENTRO CON LA VIDA MISMA

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Llamar al Zen una disciplina es llevarlo intelectualmente a un nivel escolar, o socialmente a uno de crianza de hogar. Realmente no se trata de una disciplina de este tipo. El Zen propone “despertar la consciencia” que se ha perdido a causa de múltiples causas mentales, físicas, espirituales, kármicas. La consciencia puede servir para mucho siempre y cuando esta forme parte de nuestra vida diaria. Vivir en la inconsciencia es muy fácil: la parte subconsciente de nuestro cerebro nos guía y nos mantiene “vivos”. Es por esto que muy poca gente ve la necesidad de “despertar” la consciencia, elevar su calidad de vida para vivir más plácidamente y más plenamente. A esta comodidad la llamó el Buda “ignorancia”. Y es a causa de esta ignorancia que vivimos vidas miserables muy a menudo.

La frase “regresar a casa” en el Zen es justamente esto. Uno “regresa” a ese estado de consciencia inicial que “viene con la vida misma” y se apoya en esa “consciencia clara y carente de defectos” que permite vivir la vida tal como “es”. Esto significa abrirse a la posibilidad de “digerir los acontecimientos conscientemente” para poder sacar el mayor provecho de ellos. La vida es  invisible y por ello es espiritual, razón por la cual el provecho ha de ser espiritual también.

La vida cósmica abraza la dualidad y la desintegra, carece de fallas, no es complicada y se armoniza con el momento y el lugar cuando y donde la vida humana se manifiesta.

El Zen es, en pocas palabras, encontrarle algo de sentido a tu existencia que aparece y desaparece a cada instante. El Zen te ayuda a descubrir y apreciar lo nuevo de cada instante (actualizando tu mente acostumbrada a rutinas y acuerdos obsoletos) gracias a este despertar de la consciencia. Realmente “no” es una “solución de vida”: es el encuentro con la vida misma de frente, sin suposiciones, ideas preconcebidas, sin adornos y sin etiquetas. Siempre lo he expresado de esta manera: los complicados somos nosotros. El Zen (Dhyana, Chan) de Buda es una “puerta abierta” para quien quiera encontrarse con este otro nivel superior de consciencia y de vida donde sea que esté viviendo. Pasar esta puerta depende de tu convicción y empeño, de más nada. Los que desean vivir comprenderán muy bien esta enseñanza.

Sensei Paul Quintero / Monje zen

Texto 2339 – EL RELOJ PARADO

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En una de las paredes de mi cuarto hay colgado un hermoso reloj antiguo que ya no funciona. Sus manecillas, detenidas desde casi siempre, señalan imperturbables la misma hora: las siete en punto.

Casi siempre, el reloj es sólo un inútil adorno sobre una blanquecina y vacía pared. Sin embargo, hay dos momentos en el día, dos fugaces instantes, en que el viejo reloj parece resurgir de sus cenizas como un ave fénix.

Cuando todos los relojes de la ciudad, en sus enloquecidos andares, y los cucús y los gongs de las máquinas hacen sonar siete veces su repetido canto, el viejo reloj de mi habitación parece cobrar vida. Dos veces al día, por la mañana y por la noche, el reloj se siente en completa armonía con el resto del mundo.

Si alguien mirara el reloj solamente en esos dos momentos, diría que funciona a la perfección… Pero, pasado ese instante, cuando los demás relojes callan su canto y las manecillas continúan su monótono camino, mi viejo reloj pierde su paso y permanece fiel a aquella hora que una vez detuvo su andar.

Y yo amo ese reloj. Y cuanto más hablo de él, más lo amo, porque cada vez siento que me parezco más a él.

También yo estoy detenido en un tiempo. También yo me siento clavado e inmóvil. También yo, soy de alguna manera, un adorno inútil en una pared vacía.

Pero disfruto también de fugaces momentos en que, misteriosamente, llega mi hora. Durante ese tiempo siento que estoy vivo. Todo está claro y el mundo se vuelve maravilloso. Puedo crear, soñar, volar, decir y sentir más cosas en esos instantes que en todo el resto del tiempo. Estas conjunciones armónicas se dan y se repiten una y otra vez, como una secuencia inexorable.

La primera vez que lo sentí, traté de aferrarme a ese instante creyendo que podría hacerlo durar para siempre. Pero no fue así. Como mi amigo el reloj, también se me escapa el tiempo de los demás.

Pasados esos momentos, los demás relojes, que anidan en otras personas, continúan su giro, y yo vuelvo a mi rutinaria muerte estática. A mi trabajo, a mis charlas de café, a mi aburrido andar, que acostumbro a llamar vida.

Pero sé que la vida es otra cosa.

Yo sé que la vida, la de verdad, es la suma de aquellos momentos que, aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía del universo.

Casi todo el mundo, pobre iluso, cree que vive.

Sólo hay momentos de plenitud, y aquellos que no lo sepan e insistan en querer vivir para siempre, quedarán condenados al mundo del gris y repetitivo andar de la cotidianidad.

Por eso te amo, reloj. Porque somos la misma cosa tú y yo.

 

Giovanni Papini (Florencia 1881-1956)

 

COMENTARIO: Cada hora es un espectáculo de vida. Cada instante es irrepetible…pasa y no regresa jamás. Realmente el Zen no te hace razonar sobre esto sino que te invita a ver la vida, tu vida, como “otra cosa”: hacerse amigo del instante es la verdadera práctica del Zen. Vivir, en el Zen, es cuestión de consciencia y disfrute, no de desgaste. Uno aprende a vivir como el turista que todo lo encuentra bello. Y eso somos a fin de cuentas: turistas en este vasto  y maravilloso universo lleno de vastas horas de encanto.

 

Texto 2338 – UN RITMO SERENO

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Llegar abruptamente al Zen es la manera más fácil de errar el camino, creer que haber leído unos libros budistas, usar malas (japamalas) o ser vegetariano entre otras no garantiza tu vivencia del Zen. Al Zen no hay que teorizarlo o conceptualizarlo hay que vivirlo y se vive a diario de manera sencilla, en el quehacer de todos los días, solo debes calmar tu mente, serenarla y sobre todo ser paciente, todo en la vida tiene su ritmo y “el ritmo del zen es calmo” donde el silencio es de suma importancia.

Para acercarse al Zen solo basta con dejar fuera de si los pensamientos (ruidos) contaminados y contaminantes tanto externos e internos y ejercitar la paciencia, nada más, sin adornos, preconceptos o exceso de teoría y sobre todo en silencio. Así como en la música, en el Zen el silencio es un elemento esencial, no es en el ruido mental donde este se desarrolla, más bien florece en el sosiego, en una mente tranquila libre de falsos pensamientos y siendo muy pacientes.

La paciencia como práctica es una de las bases para aproximarse y experimentar el Zen, la paciencia con uno mismo y hacia los demás debe ser un ejercicio diario, no es fácil y si muy cuesta arriba porque el ego se resiste, sin embargo debemos como practicantes y Bodhisattvas ejercitar la paciencia, navegar en aguas tranquilas a un ritmo lento pero sin pausa.

Por experiencia propia y como músico percusionista diría que “para estar en armonía con el ritmo del Zen hay que tocar con paciencia”, con suavidad, no se puede estar apurado. Solo así, el Zen se hará parte de tu día a día.

¡Sigo tocando!

Bodhisattva Hugo Kai Butsu Ballesteros / Linaje de Taisen Deshimaru – Caracas, Venezuela

 

Texto 2337 – EL MIEDO… MI PUERTA DE ENTRADA

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Comprender nuestro sufrimiento y liberarnos de él es el fin último de las  enseñanzas de Buda. El Señor Buda enseña que el deber de un discípulo sincero es liberarse de sus ilusiones. Para eso practicamos.

Resolver nuestro karma, es indispensable. Esto equivale a conocer profundamente  nuestras dudas, nuestros miedos y todo aquello que condicione nuestra mente conduciéndonos al sufrimiento.

En un sutra el Señor Buda habla sobre esto a la asamblea explicando que si una persona comprende sus hábitos mentales y su vida, esta se liberará. Esto se lo explica a Ananda – quien cómo sabemos, su erudición obstruía su despertar – y lo contrapone a Yasodhara (la esposa de Buda) que habiendo comprendido el sentido de su vida y hurgado su karma se liberó sin fuertes contratiempos. La erudición puede ser la puerta de tranca de muchos discípulos pues el proceso de liberación solo se logra liberándonos justamente  de tantos pensamientos impertinentes que nos “esclavizan“.

¿Cómo hacemos esto?

En mi caso personal, yo hacía zazen desordenadamente y – de repente – me cuestioné preguntándome cual era “mi razón” para practicarlo. Descubrí que era «la inseguridad».  Sin embargo,  tuve que esperar un tiempo a que esta se revelara, y la comprendí simplemente cuestionándome desde el fondo de mi ser. A veces no necesitamos complicadas formulas ni técnicas secretas para avanzar en el Camino, lo esencial es conocer el por qué sufres y ya. Mi práctica me ayuda día a día a descubrirlo. Es mi proceso. Este ha sido el punto de partida para la comprensión del Zen para mí.

Ricardo Cáceres  / Barquisimeto, Venezuela  – (Dojo Zen de San Felipe)

Texto 2236 – LO PROFUNDO DE LA ESTUPIDEZ

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Cuando en el Zen se dice que al meditar nos encontramos con nuestra propia estupidez o imbecilidad, es porque nuestra quietud y atención nos permiten darnos cuenta de todos los pensamientos enfermizos que surgen de nuestra mente indisciplinada.

Para quienes no saben, la palabra “imbecilidad” proviene del latín “imbecillĭtas” que significa “debilidad”, “enfermedad“. Por este motivo, encontrarnos con nuestra imbecilidad durante zazen no significa que nos sentaremos en el zafú para juzgarnos y decirnos “este pensamiento es muy imbécil” o “este pensamiento no es tan imbécil. Zazen no es un juicio. Significa que cualquier pensamiento que aparezca, será de por sí tu imbecilidad, es decir, tu enfermedad, tu debilidad, las estructuras de tu ego: miedos y juicios.

Es por esto que el Maestro Taisen Deshimaru nos dice: “El zazen auténtico -enseñado por alguien de una transmisión verdadera – da al espíritu su condición verdadera de salud“. Durante Zazen, observamos las enfermedades de nuestro ego y las dejamos pasar. Solo permitimos que Zazen haga su trabajo.

Todos somos imbéciles pues todos somos dirigidos de alguna forma por nuestro ego. Asimismo podríamos decir que todos “tenemos algo de tontos” ya que todos somos “escasos de entendimiento en algo“… ¿o acaso hay alguien que sepa y entienda todo?

 

Rubí Saki Shō / Bodhisattva – Linaje de Taisen Deshimaru

Texto 2235 – UN ENCUENTRO SERENO CON LA ESTUPIDEZ

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El monje zen Brad Warner nos advierte que “no nos involucremos con Zazen, pues éste nos ayudará a ver lo profundamente estúpido que somos“. Por otra parte, el monje Thich Nhat Hanh nos dice que la meditación es un “encuentro sereno con la realidad”. Si unimos las opiniones de Warner con las de Thich, podríamos decir que la meditación es “un encuentro sereno con tu estupidez”.

Cuando estamos agitados, es la estupidez la que nos rige mentalmente y dirige con toda autonomía nuestra vida. Si nos encontráramos agitadamente con nuestra estupidez, seguramente  negaríamos su existencia. En cambio durante Zazen, somos nosotros quienes la encontramos serenamente, la observamos y dejamos pasar. Quizá por eso algunas personas sonríen durante Zazen: son capaces de observar conscientemente todas las estupideces que producen sus mentes. Esta observación serena no produce ningún tipo de molestias al practicante de zazen.

Al mismo tiempo, es un encuentro sereno con la realidad ya que podemos “darnos cuenta” de que no somos esa estupidezafortunadamente.

La estupidez no es un obstáculo para cultivarnos pues el conocimiento consciente de nuestras “tontadas mentales” es una valiosísima oportunidad para tomar nuevos rumbos y pensar de manera distinta. Por eso se dice que “nadie es estúpido para toda la vida”, a no ser que le guste regodearse en esa estupidez.

El Señor Buda instaba a luchar contra la ignorancia; conocer nuestra estupidez es simplemente darnos cuenta de lo equivocados que estamos con respecto a nuestras creencias habituales heredadas y fortalecidas por el ego para luego “tomar acciones diligentes y responsables” para encajar iluminadamente  en una realidad que el Señor Buda trató – hasta el hastío – de indicarnos que existe debajo del mundo engañoso de las ilusiones y los apegos absurdos. Ser estúpido, para todo budista, tiene un gran valor. El practicante de Zen sincero, al saber esto, se sienta con mayor entusiasmo.

El Zen es la estupidez total. Es una escuela que solo tiene un mensaje, o al menos así lo parece: “No busquen nada; no hay nada que buscar; Oye estúpido ¿para qué buscas algo?

Ashley Wells

 

Rubí Saki Sho (bodhisattva) y sensei Paul Quintero (monje zen)