Texto 71 – DE LO BUENO Y LO MALO A LA SERENIDAD

Convencerte de estar presente es fácil. Estar realmente presente no es tan fácil. La presencia se hace objetiva cuando haces algo, algo valioso, algo importante, algo que genere buenos frutos. Pero recuerda bien, presencia es saber utilizar este instante, cada instante. Un nuevo yo para cada día, para cada minuto de tu día. Eso te convierte en alguien despierto.

Todos los días lidiamos con pequeños incidentes que pueden señalarte lo que es real y lo que no lo es; lo que es de importancia y lo que no lo es. Lo bueno y lo malo en realidad no existen. En el  Zen lo bueno puede convertirse en malo, y lo malo en bueno. Pero esta indicación es para que te des cuenta de lo muy poco real que ambos extremos son.  Cuando estás presente y fluyes con el universo  mismo, ningún evento es positivo ni negativo; simplemente cada evento ES. Esta es la única manera de vivir. Y, entendiendo que el universo provee, entonces lo bueno y lo malo no existen pues el universo fluye en un orden perfecto. Luego, entendiendo esto, entiendes que lo que transcurre es lo que debe transcurrir. Para tu crecimiento personal nada ha de ser bueno ni malo, ni gustar ni desagradar, ni pleno de amor ni pleno de odio. Todo cuanto transcurre pertenece a un orden. Cuando meditas, sigues ese orden cósmico. No es cuento, simplemente fluyes. Por eso durante zazen no hay nada en que pensar. Inspirar y espirar son tu ahora. Y prestando toda tu atención a ese ir y venir te unes al ir y venir del universo: a shiki (el mundo de los fenómenos incluyéndote a ti) y a Ku (el vacío a lo que todo retorna, incluyéndote a ti). Entonces alcanzas la serenidad.

Cuando no estas deseoso -sino sereno- no pretendes que las cosas pasen de tal o cual manera. Simplemente permites que las cosas sean como son, nada más. Ese permitir que las cosas pasen te lleva más allá de tu mente común y sus patrones de dualidad que crean la polaridad negativo-positivo. En ese momento de serenidad eres un Buda.

No estamos  hablando de felicidad. Si alguien cercano a ti muere, o ves acercarse el momento de tu muerte a lo mejor no te alegras, no estás feliz.  No es posible estar feliz, pero si puedes estar en paz.  Puede haber tristeza y lagrimas, pero siempre y cuando tú hayas abandonado la resistencia al devenir de los eventos, muy por debajo de esa tristeza sentirás una profunda serenidad, una tranquilidad, una presencia sagrada. Esta es la emanación de ser (como acción), esta es la paz interna, el verdadero bien.

Cuando fluyes eres cual un río. Si te detienes te conviertes en una roca pesada. Inspirar y espirar correctamente te ayudan a fluir adecuadamente, en plena serenidad. Practicar zazen es igual al fluir de un río. Presencia y serenidad son las características de un Buda viviente.

 

Sensei Paul Quintero / Monje zen

 

 

 

 

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