Texto 142 – LA REGLA Y EL BALDE

Aunque todos pensamos, pensar honradamente no es un denominador común. Pensar es tan solo un ejercicio de nuestra mente, un ejercicio que involucra pérdida substancial de energía. Las mentes agotadas inundan el espectro humano, y el sinfín de pensamientos desnutridos llena el aire donde tratan de respirar quienes aun tratan de disciplinarse y desarrollar una mente creativa y progresista. Un progreso que involucra un buen pensar: un pensar sano y sanador. Honesto y bondadoso. Una mente disciplinada aporta energía renovadora a diario al equilibrio humano, así de sencillo. Lo opuesto es traición al estatus de “ser humano”. Es hundir en precipicios insondables la calidad de un pensamiento que descifra, descubre, asocia y se asocia  con un Dios para agradecer la vida misma. Al hundirlo, todos y todo se debilita.

 

Este hundimiento, según sabemos, lleva al hombre a malgastar su energía en discursos descocidos y andrajosos que dejan abierta la puerta a pasiones bajas e irreflexivas en las cuales dirige la orquesta el más bruto, el más irresponsable y en muchísimos casos el más agresivo y sanguinario. La mentira es el tinte que ensucia el habla. La palabra inescrupulosa. La repetición hueca de una moral que pende del último hilo de una tela de araña. No hay verdad en la mayor parte del contenido lingüístico a nuestro alrededor. Pues la marca del “interés personal” impregna los espacios más amplios de la sociedad: la política y el consumismo. Ya no hay espacio ni para Dios.  La palabra de este Dios que habiendo enviado a su hijo a sacarnos de la oscuridad, se ha perdido en la estupidez de los seres humanos. La palabra que más vale es la del gobernante y la de la empresa que busca rentabilidad. Dios no produce nada. Dios no sabe de política.

 

Cuidar la calidad de la energía mental humana equivale a acercarse a lo divino. A conversar con la elocuencia. A bailar al compás de un ritmo universal creativo…que permite dejar herencia intelectual (y no tanto monetaria) a quienes comienzan su trayecto como anacoretas que han de atesorar las buenas palabras en cuencos de oro para luego compartirlas con sus hermanos, no de sangre, sino de neuronas al servicio de esta bella raza que se ha dado por auto-llamarse “la raza del ser pensante”.

 

Para que tu palabra deje de ser soez, tus pensamientos también han de dejar de ser groseros. Para esto habrá que desintoxicarnos e ir contra el vulgar deterioro del género humano y tratar de ser humildes profetas que tengan algo que decir: algo verdadero. Mantente atento a tu respiración, y cuando tu mente te abrume, expele el aire con fuerza…bota toda esa confusión (suciedad), eso evitará que se manchen tus palabras y que hieras a tus compañeros y a tu entorno.

 

Medita en esto: mente pura, palabras puras. Muestra tu budeidad, tu divinidad compartiendo sólo lo más puro de ti mismo. Comienza por tus palabras. Qué ellas sean testimonio de tu madurez espiritual, del conocimiento de ti mismo. No se si será fácil, pero inténtalo. Si lo intentas, ellas serán una regla que te indicará cuanto has avanzado, y un balde que te mostrará cuanto lastre has botado de tu mente. La regla y el balde te acompañarán cual el hábito acompaña a un Buda.

 

 

 

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