Texto 2388 – MOTIVACIÓN: EL ARTE DE “TOCARSE LOS BOTONES”

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Aviso: Lo que vas a leer a continuación va bastante a contracorriente con respecto a la concepción más extendida que existe en este momento acerca de la motivación. Aquí no voy a darte palmaditas en la espalda ni a decirte que sigas luchando. Si esto es lo que venías buscando, no es lo que vas a encontrar. Vamos a hablar de la motivación observando desde otro lugar, y, probablemente, si éste es tu enfoque, las ideas aquí expuestas van a caer como un machete sobre lo que conoces. En tus manos queda la responsabilidad de continuar leyendo o no.

Si has decidido seguir adelante, he de decirte que para comprender este artículo, es necesario que entiendas a qué me refiero con “tocarse los botones”, así que te recomiendo que, si todavía no lo has hecho, leas el post anterior.


Si ya sabes de qué estamos hablando, vamos con el tema.

Cuando hablamos de motivación, la psicología hace una distinción muy básica que nos va a ayudar a entender lo que hoy quiero transmitir.

Por un lado tenemos la motivación intrínseca, que es aquella que surge de forma natural, aquella que presentamos ante las tareas que nos gustan, que hacemos por placer.

Por otro lado tenemos la motivación extrínseca, que es la que proviene del exterior, de lo socialmente establecido, de la imposición de los educadores…

Con respecto a la motivación intrínseca, poco más que añadir por hoy. Esta motivación no se alimenta, o surge o no surge. Se retroalimenta por el simple hecho de que uno está disfrutando de lo que hace.

En cambio, la motivación extrínseca, puede darnos mucho para hablar. De hecho, es a la que hoy nos vamos a referir, porque es la que está socialmente extendida, aunque a veces se camufla bastante bien ante nuestros ojos con otros disfraces que parecen más internos.

En relación a esto, cabe aclarar que la motivación intrínseca no es eso que hoy se conoce por “motivarse a uno mismo“, eso no es más que una forma de aplicar sobre uno mismo la motivación extrínseca. Uno asume internamente los motivos que en realidad no son suyos, sino del entorno que le rodea, y se hace a sí mismo de motivador, o quizás deberíamos decir de jefe, o quizás deberíamos decir de ¿carcelero?, ¿torturador? Sí, suena exagerado, pero si uno se observa con honestidad las cosas están bastante claras.

En el fondo, uno mismo es el que se aplica los premios y los castigos, aunque a veces acepte o vaya en búsqueda de alguien más que lo haga por él. Como siempre, la responsabilidad es de cada uno. La familia, la sociedad y la educación hacen su papel, pero en algún punto tenemos que superar el “me hicieron así” y comenzar a asomarnos a esa parte de nuestra psique donde estamos escudándonos en eso para continuar siendo los mismos que, en teoría, decimos no estar orgullosos de ser.

Así que, aunque aparentemente la motivación extrínseca proviene del exterior, en realidad, como siempre, todo sucede en nosotros mismos. Somos nosotros los que nos exigimos esto y lo otro, los que nos imponemos tareas que no nos gustan, los que nos instigamos para ganar tal premio, para impresionar a tal persona, para ser reconocidos por nuestras hazañas, para volvernos los más exitosos de nuestro campo, para pasar a la historia… y todas las “grandes metas” que puedan caber en nuestra cabeza.

¿Ves como somos nosotros mismos los que nos “tocamos los botones”?

Existe una idea muy deslumbrante acerca de la motivación, como algo positivo (animarse, decirse cosas buenas a uno mismo…) pero si observamos un poco más de cerca… ¿qué hay debajo? O mejor, para ser más claros todavía… ¿por qué tenemos que motivarnos?, ¿no es esa una forma edulcorada de llamar al sacrificio? Y ni siquiera necesitaríamos el eufemismo, porque al siglo XXI hemos llegado creyendo que sacrificio = éxito. En algunos deportes, por ejemplo, se utilizan “mantras” como “No pain, no gain” (sin dolor no hay ganancia) pero, sin ponernos tan sofisticados, tenemos la misma idea en el refranero de toda la vida: “El que algo quiere, algo le cuesta”.

La motivación, tal y como es entendida por muchas personas, es realmente la movilización de la propia energía a través de tocar los puntos débiles, los “botones” de los que hablábamos en el artículo anterior. Estamos acostumbrados a escuchar frases tan aparentemente positivas (así hemos aprendido a considerarlas) como: “Lucha por tus sueños”, “Algún día serás grande”, “Nunca te conformes”, “El trabajo duro tiene su recompensa” Pero la trastienda de esas frases es muy oscura… Y esto va a sonar muy políticamente incorrecto, (todavía estás a tiempo de dejar de leer), pero en ese tipo de fraseo mental subyacen pensamientos como: “si no tengo éxito, no valgo”, “lo que soy no es suficiente”, “nunca te aceptes tal y como eres”… Lo que nos está moviendo, lo que nos está motivando, lo que está movilizando la energía para que nos dispongamos a hacer algo que realmente no nos apetece hacer, es el pulsar la tecla de la baja autoestima, del rechazo, de la desvalorización… Esto nos mueve a realizar determinadas actividades que supuestamente nos llevan hacia ese futuro en el que seremos exitosos y ese infierno terminará por fin. Es una promesa cruel, que nunca llega, que nos mantiene en el mismo lugar, dando vueltas y vueltas a la rueda, movilizados por el dolor creyendo que así llegaremos a salir de él.

La creencia en que la lucha nos llevará al éxito es lo que perpetúa una vida mediocre. 

(Lo siento)

Estamos tan acostumbrados a motivarnos de forma extrínseca, que hoy en día la motivación intrínseca prácticamente no existe sobre la faz de la tierra. De hecho, es terrible lo que voy a decir, pero tendemos a despreciarla, a decir que no merece la pena. Sumergidos en la cultura del esfuerzo, lo que nos sale espontáneamente, lo que disfrutamos hacer, lo que brota de nosotros sin que nos demos cuenta, lo categorizamos como carente de valor.

Esto es lo que tanto nos confunde muchas veces a la hora de elegir a qué queremos dedicarnos, y hemos llegado a un punto en el que un gran número de personas, mucho mayor del que podamos imaginar, ni siquiera sabe qué es lo que le gusta. Y hablamos de personas de todas las edades, no sólo de adolescentes o jóvenes que atraviesan ese momento que como sociedad establecimos como “el momento de elegir tu futuro“.

Qué raro, ¿no? No saber lo que te gusta parece absurdo, pero si nos detenemos un instante, seguramente a todos nos ha pasado, o nos pasa, o todos conocemos a alguien al que sí. Si acaso has tenido la inusual suerte de no haberte encontrado nunca en este dilema ni haber conocido nunca a nadie así, bueno, aquí estás leyendo a la primera.

Dirigimos toda nuestra atención a pensar en lo rentable, en lo que nos vaya a dar de comer, en lo que nos haga tener éxito… y olvidamos por completo lo que realmente es natural para nosotros. Existe, muy enraizada en nuestra cabeza, la idea de que lo que nos gusta y aquello de lo que podamos vivir son cosas muy alejadas, y esto crea en nosotros una disociación tal, que aquello que nos apasiona queda soterrado hasta el punto de que no somos capaces de verlo.

Creemos que al final, sí o sí, tendremos que amoldarnos a una vida que no nos corresponde, incluso aunque delante de nuestras narices veamos a personas dedicándose a eso mismo que en el fondo a nosotros nos encantaría. Y esto, en el siglo XXI, con el acceso a Internet en la palma de la mano, es algo que podemos ver cada día. Sin embargo, ahí sigue la misma idea, como un muro que nos impide disfrutar de la vida que nos es propia.

No creo que esté fuera de lugar decir que asociamos lo natural con el fracaso, con la mediocridad, con la vagancia. Así es como nos presionamos a nosotros mismos y a los demás, así es como nos esclavizamos y nos vanagloriamos de ello. Así es como nos “tocamos los botones“. Y, después de todo, ¿qué conseguimos con ello?, ¿cuál es la brillante meta que tanto nos prometemos? ¿qué es lo que realmente alcanzamos con todo nuestro esfuerzo? Una sociedad llena de personas frustradas que parecen exitosas o que fingen serlo, un montón de ideas brillantes cogiendo moho en cabezas ocupadas en “cosas más importantes“, innumerables talentos desaprovechados porque “de eso no puedes vivir”…

Estoy segura de que cada persona que pisa esta Tierra tiene un talento inigualable. Inigualable no por superior, sino por único, por original, porque es sólo suyo, es su manera particular de expresarse en el mundo. Y un talento no necesariamente tiene por qué salir en las noticias, o tener millones de seguidores, de hecho ojalá no saliesen, ojalá aprendiésemos a verlo como algo natural, que todos llevamos dentro, no como algo exclusivo que sólo portan ciertos individuos. Ese concepto del talento, como algo tan célebre, es hijo justamente de la cultura del esfuerzo, en la que unos tienen que escalar por encima de otros para brillar más, en el que la competencia es la base, y el éxito es cosa de unos pocos que destacan entre la mediocridad del resto. Claro que, mientras sigamos asumiendo este concepto, éste será el panorama que sigamos manifestando, y seguiremos teniendo que apagar nuestra luz para ahorrar, mientras “el talentoso” tiene sus carteles de neón funcionando noche y día. (Véase el doble sentido de esto último)

Y ojo, que no se interprete esto como una crítica, la responsabilidad es nuestra, y esta es la película que tenemos montada. No somos víctimas, sino los directores, guionistas, y alegres protagonistas, aunque nos escondamos en la oscuridad entre bastidores… Por más que nos cueste reconocerlo, lo que estamos alimentando, en algún sentido lo estamos disfrutando.

Sé que este artículo puede resultar rompedor y puede sonar duro dependiendo de lo arraigado que cada uno tenga en su mente este viejo patrón del esclavo. (Sí, aprendimos a convertimos en esclavos de las metas que nos ponemos). Por ello avisaba antes de entrar en materia. De todas formas, aunque al principio pueda parecer desolador, el que se rompan las viejas ilusiones es el camino hacia una vida verdadera.

A ti, que has decidido leer hasta el final, quiero dejarte buen sabor de boca, al fin y al cabo, el mensaje que trato de transmitir no es negativo o derrotista, sino todo lo contrario. Como digo, no me cabe duda de que en este planeta todos tenemos nuestro tesoro que manifestar, nuestra destreza, nuestro regalo para el mundo. Así que es posible cambiar de mentalidad y darnos cuenta de que no necesitamos exprimirnos para sacar nuestra mejor versión, no tenemos por qué sacrificarnos, no tenemos por qué tratarnos tan mal. De hecho, es cuando somos felices, cuando disfrutamos de cada segundo, cuando lo mejor de nosotros puede florecer.

Gracias por leerme, y ojalá comiences a abrirte y dejar que tu semilla comience a recibir lo mejor del suelo y lo mejor del sol, para que pronto todos podamos disfrutar de la belleza de la flor que llevas dentro. Sabes que la estamos esperando.

Marta Campos / puntoespiral.com

NOTA: Altamente agradecido a Marta Campos por permitirme difundir tan valioso texto para el bien de muchos. La práctica de zazen es una responsabilidad y un gusto que emerge de nuestro Karma. Nuestra motivación para practicar nace de nuestro espíritu claro. Uno no se exprime. Ser libre es estar motivado.

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Publicado por

budasdeagua

Paul Quintero es monje Budista Zen e instructor de Caligrafía China. Es discípulo directo) de Taisen Deshimaru Roshi (ordenado en 1981 en Francia. Estudió caligrafía china con Jacques Foussadier (Paris, Francia) y con la Sensei Mary Onari (Venezuela). Fundó su escuela Budas de Agua en 1.999. Dicta talleres de caligrafía china y dibujo Zen concentrando la atención en el ritmo respiratorio para hacer del aprendizaje de esta escritura- arte una meditación en movimiento. Su arte combina los mensajes del Dharma de Buda con las figuras originales de sus famosos dibujos de monjes budistas.

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